¿Te has encontrado alguna vez mirando el reloj a las tres de la mañana, con tu bebé en brazos, preguntándote si alguna vez volverás a dormir de corrido? ¿Has sentido que haces todo lo posible —canciones, paseos por la casa, incluso conducir el coche a horas absurdas— y aún así el sueño no llega? Yo también he pasado por esto, y te entiendo.
Cuando me convertí en madre por primera vez, descubrí que dormir a un bebé podía ser el mayor reto de la maternidad. Nadie me había preparado para esas noches infinitas de brazos doloridos, bostezos que parecían no tener fin y esa sensación de que el cansancio me iba a arrastrar para siempre. Durante meses viví con la idea de que dormir era un lujo perdido.
Pero cuando llegó mi segundo hijo decidí que quería vivirlo de otra manera. No quería volver a sentirme atrapada en ese torbellino de caos, así que me informé, probé diferentes rutinas y fui ajustando hasta encontrar lo que funcionaba para nosotros.
Hoy mi hijo ya tiene dos años y duerme mucho mejor, y yo también.
La cuna como lugar de referencia, no como un recurso más
Con mi primer hijo cometí un error que ahora veo clarísimo: lo cambiaba constantemente de sitio. A veces dormía en el moisés, otras en la minicuna, otras en la cama conmigo. Ese ir y venir lo descolocaba. No tenía un espacio que él pudiera reconocer como suyo.
Con el segundo decidí hacerlo distinto: la cuna iba a ser su lugar de referencia. No me gasté una fortuna, pero busqué que fuera segura, cómoda y adaptada a su edad. The Baby House, tienda especializada en elementos para el bebé, me dijeron que “la cuna no es solo un mueble, es parte de la rutina del sueño”. Y tenían razón.
Me funcionó dejar siempre la misma sábana, con un olor familiar, y evitar llenar la cuna de muñecos o cojines que lo distraían más de lo que ayudaban. Una cuna despejada, sencilla, se convirtió en un espacio seguro y tranquilo.
Al final, comprendí que lo importante es que la cuna (o el lugar que elijas) sea estable, constante, y no un recurso de emergencia al que recurrir solo cuando no sabes qué más hacer.
Pronto descubrí el poder del baño antes de dormir
Cuando lo bañaba con agua tibia, mi hijo se quedaba más tranquilo, y su cuerpo entendía que después de eso venía la calma.
Pero aquí también hubo tropiezos. Al principio el baño lo excitaba más de la cuenta: salía del agua con ganas de jugar. Entonces ajusté la temperatura, lo hice breve, con luz tenue y sin juegos ruidosos. Esa diferencia lo cambió todo.
También aprendí que no pasa nada si el baño no funciona en tu caso. Puedes sustituirlo por un masaje con crema, ponerle el pijama con calma o dedicar unos minutos a acariciarlo en silencio. La clave no está en el agua, sino en que exista un ritual que marque que el día se termina.
Con el tiempo comprobé que lo que de verdad ayudaba era la repetición. No importaba tanto si era baño, masaje o nana: lo importante era que siempre se repitiera de la misma manera, como un aviso claro de que el sueño estaba cerca.
Un ambiente pensado para dormir, no para entretener
Otra lección llegó con la habitación. Con mi primer hijo no me importaba si se dormía en el salón con la tele de fondo o en la cama conmigo con la lámpara encendida. Y claro, dormía mal, se despertaba con cualquier ruido y su sueño era muy ligero.
Con el segundo fui más consciente. Ventilé la habitación, cuidé que la temperatura estuviera entre 22 y 24 grados y elegí una luz tenue en lugar de una lámpara fuerte. También descubrí el poder del ruido blanco: un ventilador suave de fondo o un dispositivo con sonido constante evitaba que se despertara con cada portazo o ladrido de perro.
Además, dejé la habitación libre de juguetes y colores demasiado intensos. Un espacio cargado distrae, y un bebé necesita sencillez para relajarse. Desde entonces, la habitación solo la usamos para dormir. Eso ayudó mucho a que él la asociara con descanso y no con juego.
Yo también fui importante en el proceso
Hablo de algo tan sencillo como cantarle una nana, un cliché muy viejo pero muy útil. Con mi primer hijo me daba vergüenza cantar porque pensaba que lo hacía fatal. Le ponía música grabada, y sí, funcionaba un poco, pero no era lo mismo.
Con el segundo me animé a cantar nanas, aunque fuera desafinando. Y fue increíble ver cómo mi voz, esa misma que él ya reconocía desde el embarazo, lo calmaba mucho más que cualquier lista de Spotify.
A veces ni siquiera cantaba: bastaba con hablarle en voz baja o leerle un cuento cortito. Lo importante no era la perfección, sino la repetición, el ritmo y el vínculo que se creaba. Descubrí que esos minutos de calma compartida tenían un valor que iba mucho más allá del sueño: eran momentos de conexión que sigo atesorando.
Darle una toma antes de dormir también le ayuda
Me sorprendió descubrir que la leche materna de la noche contiene componentes que favorecen el descanso, lo que explica por qué dormían más profundamente después de esas tomas.
Pero aprendí una lección importante: no podía depender siempre de eso. Si lo dejaba dormido en brazos cada noche, luego le costaba mucho dormirse solo. Por eso intentaba pasarlo a la cuna cuando estaba tranquilo, pero todavía despierto. Así, poco a poco, empezó a asociar el sueño con la cuna y no solo con mis brazos.
El chupete también me ayudó en esos momentos. No fue mi plan inicial, pero descubrí que, usado como apoyo y no como única solución, era un gran aliado.
Balancerlo en brazos… pero con cuidado
Mecer a un bebé es casi instintivo, y no falla: el movimiento suave los calma porque les recuerda al vientre materno. Pero si lo conviertes en la única forma de dormir, tu espalda lo paga y el bebé se acostumbra a algo difícil de mantener.
Yo lo usé como recurso, pero siempre intentando que no fuera el paso final. Lo calmaba unos minutos en brazos y luego lo dejaba en la cuna antes de que estuviera profundamente dormido. De esa manera, el balanceo ayudaba, pero no se volvía imprescindible.
Cuando tenía gases o cólicos, el movimiento era casi milagroso. Y aunque agotador, también era un momento de ternura que hoy recuerdo con cariño.
Acompañar sin dejarlo llorar solo
Lo más difícil fue aprender a manejar el llanto nocturno. Mucha gente me decía que lo dejara llorar hasta que se durmiera, pero yo no podía. Sentía que necesitaba saber que yo estaba ahí.
Opté por acompañarlo: a veces bastaba con poner mi mano en su pecho o acariciar su cabeza, sin necesidad de sacarlo de la cuna. Otras veces sí lo levantaba un momento hasta que se calmaba y luego lo volvía a acostar.
El portabebés también fue mi salvavidas en más de una noche interminable. Ese contacto piel con piel lo relajaba como nada más, aunque reconozco que no es sostenible hacerlo siempre.
Al final entendí que no se trataba de eliminar el llanto de golpe, sino de enseñarle poco a poco que estaba seguro, que no estaba solo. Y eso, con el tiempo, lo ayudó a dormir con más confianza.
Al final, lo más importante es crear una rutina previa a la hora de sueño
Los bebés son expertos en reconocer patrones. Cuando cada noche se repite lo mismo, empiezan a anticipar lo que viene después.
En mi caso, la secuencia era simple: baño, pijama, toma, nana, luz tenue. Siempre igual. Al principio parecía que no funcionaba, pero con el tiempo, mi hijo entendió que esa sucesión de pasos llevaba inevitablemente al sueño.
La rutina no solo lo ayudó a él, también a mí. Me dio estructura, me quitó la sensación de improvisar a cada momento y me devolvió un poco de calma en medio del cansancio.
Requiere paciencia, sí. Al principio te dan ganas de tirar la toalla. Pero si insistes, llega un momento en que todo fluye mejor, y la diferencia en las noches es enorme.
Si hoy te encuentras en medio de noches interminables, quiero que sepas algo: no estás sola
Sé lo duro que es sentir que nada funciona, que tu bebé no duerme como los demás, que tú no puedes con tanto.
Lo que aprendí con mis hijos es que no se trata de hacerlo perfecto, ni de seguir al pie de la letra lo que dicen los libros. Se trata de probar, equivocarse, ajustar y volver a probar. Cada bebé tiene su propio ritmo y lo que sirve en una casa puede no servir en otra.
Lo que sí puedo asegurarte es que el cansancio pasa. Llega un día en que tu hijo duerme del tirón y te preguntas cómo sobreviviste a esa etapa. Y aunque parezca imposible ahora, ese día llega.
Mientras tanto, confía en que cada pequeño esfuerzo cuenta. La paciencia, la constancia y el cariño son más poderosos de lo que imaginas.


