¿Sabías de donde viene tu miedo a ir al dentista?

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Hay mucha gente que asegura no tenerle miedo al dentista, pero luego basta con enseñarles un espejito y una silla reclinable para que empiecen a sudar como si estuvieran pasando la selectividad otra vez. Y lo gracioso es que cada uno tiene su razón particular: unos dicen que sienten una inquietud extraña, otros afirman que esa mezcla de olores y sonidos les recuerda a escenas que prefieren olvidar, y algunos simplemente se bloquean. La pregunta del millón es: ¿de dónde sale exactamente ese miedo? ¿Por qué tanta gente se transforma en una versión nerviosa de sí misma nada más pisar una clínica dental?

La respuesta no es tan simple como “porque duele”, entre otras cosas porque hoy en día duele bastante menos que antes. Aun así, se mantiene una especie de reflejo emocional que se transmite de generación en generación, como si fuera una herencia que nadie pidió. Analizarlo con calma puede resultar hasta terapéutico, porque cuando entiendes la raíz del asunto, empiezas a notar que muchas de las sensaciones que tienes no vienen tanto de tu experiencia actual, ¡Sino de un imaginario colectivo que arrastramos desde hace décadas!

Un fatídico legado cultural que nos ha metido miedo sin venir a cuento.

Por raro que parezca, una parte del miedo al dentista viene de películas, relatos y anécdotas que la gente ha repetido durante tanto tiempo que terminaron funcionando como una verdad universal. En la mente de muchos, un dentista era ese personaje con herramientas metálicas brillantes que hablaba poco y avanzaba demasiado rápido hacia tu boca. Y claro, con esa descripción cualquiera se sentía vulnerable.

Durante buena parte del siglo XX, ir al dentista era otra cosa. La anestesia estaba menos desarrollada, las técnicas eran rudimentarias y los pacientes, por lo general, iban cuando ya no podían soportar el dolor. Todo ese ambiente daba lugar a escenas que se extendieron como leyendas urbanas. Tus abuelos lo contaban con humor negro y trauma, y aunque tú nunca lo viviste, la idea se te quedó grabada.

Esa transmisión casi folklórica ha generado una reacción colectiva que se activa sin darte cuenta. Es como cuando vas a hacerte una foto del DNI y, de repente, no sabes qué cara poner: tu mente entra en un modo absurdo completamente automático.

El factor del “no controlo nada”.

Vamos a reconocerlo: la postura del paciente en la consulta dental no ayuda. Estás tumbado, mirando al techo, con la luz enfocándote y la boca abierta. Es una situación que te deja completamente expuesto, y precisamente esa sensación de falta de control es uno de los ingredientes principales del miedo.

Lo curioso es que no estás realmente en peligro, pero tu cuerpo se comporta como si sobrevivir dependiera de mantenerte alerta. Se activa una tensión que no pediste, el corazón late más rápido y cualquier sonido metálico te pone en guardia. Incluso las personas más tranquilas pueden sentir algo parecido a la inquietud de una entrevista laboral inesperada.

Esa falta de control activa un mecanismo interno muy antiguo, el mismo que te hace agarrarte fuerte cuando el coche pasa por un bache. Es una reacción más biológica que racional, pero como no entendemos bien de dónde sale, la transformamos en miedo.

Los sonidos… ay, los sonidos.

Si hay algo que la gente recuerda con claridad son los sonidos. Ese zumbido tan típico produce un tipo de inquietud que parece hecha a propósito para ponerte nervioso. Curiosamente, esos sonidos ya no significan lo mismo que antes, pero tu cerebro sigue reaccionando como si fueran señales de alarma.

Hay estudios que explican que ciertos ruidos agudos despiertan una respuesta automática porque se parecen a señales que en la naturaleza identificaríamos como un aviso. No importa que el motivo real sea un aparato moderno y totalmente controlado: tu mente interpreta otra cosa.

Y como en la clínica no puedes levantarte en mitad del tratamiento para decir “oye, ¿podemos poner música de fondo?”, tu sistema nervioso hace su propia reacción interna.

La mala costumbre de esperar “al último momento”.

Este punto es casi humorístico, sobre todo porque todos conocemos a alguien que funciona así. Muchas personas evitan ir al dentista justo hasta que el dolor ya es imposible de ignorar y claro, cuando vas con una situación avanzada, la intervención es más larga y más complicada. Esto perpetúa la idea de que entrar en la clínica siempre implica un proceso incómodo.

Es algo así como no lavar la ropa hasta que ya no tienes ni un calcetín limpio y luego quejarte de que el día de colada te roba toda la tarde. Pues con el dentista ocurre lo mismo: si evitas las revisiones y te presentas solo cuando ya no puedes más, es normal que tu experiencia no sea la más agradable.

Pero piensa que la mayoría de tratamientos actuales están pensados para que el paciente vaya con tranquilidad, y cuando alguien acude de forma frecuente, los procedimientos son mucho más sencillos y rápidos.

El famoso recuerdo que nunca ocurrió (pero lo juras).

Hay un fenómeno muy curioso que se da muchísimo: personas que aseguran haber tenido experiencias desagradables en su infancia, aunque realmente no recuerdan detalles concretos. Y no es que estén mintiendo; es que la memoria, cuando se mezcla con el miedo, es muy creativa.

A veces basta con que un familiar dijera algo dramático o con que vieras una escena en una película para que tu mente construya una historia propia. Lo peor es que después lo das por cierto. Es como cuando no recuerdas tu primer día de colegio, pero te lo han contado tantas veces que ya asumes lo que pasó como si hubieses estado allí en modo adulto y espectador.

Con el dentista, ese efecto se multiplica. Te convences de que lo pasaste fatal cuando eras pequeño, aunque es posible que ni siquiera fuera así.

Soluciones que nos pueden ayudar, ¡Y mucho!

En medio de todo el caos que nos hace sentir ese miedo, paramos para arrojar una luz de esperanza, pues hay casos en los que el miedo es tan fuerte que la persona entra en modo bloqueo desde que pide la cita. Para estas situaciones, la Clínica Dr Maroto y Dra Vellón propone una herramienta muy útil: la sedación consciente, una técnica que ayuda relajar al paciente sin perder la capacidad de colaboración, manteniéndolo despierto reduciendo su nivel de estrés de manera muy evidente. Muchas personas que pensaban que jamás podrían pisar una clínica dental la consideran una auténtica salvación.

La anticipación, la enemiga número uno de la calma.

Lo que más incrementa el miedo es la anticipación, de toda la vida.

El “qué pasará cuando me toque entrar”, “y si me duele”, “y si me mareo”, “y si no puedo avisar”. Esa cadena de pensamientos es imparable. A tu cuerpo, que no entiende de lógica, le basta con ese pequeño guion interno para prepararse para una batalla imaginaria.

La anticipación tiene un efecto curioso: exagera todo. Si un diente te molesta un poco, tu mente lo convierte en una especie de alerta roja digna de serie de suspense. Sin embargo, cuando llega el día de la cita, lo habitual es que el tratamiento sea bastante más tranquilo de lo que te imaginabas.

La sala de espera, ese lugar donde la mente vuela.

Pocas experiencias modernas provocan tanta actividad mental como una sala de espera en un centro dental. Hay quien se evapora por dentro, otros se sienten como si estuvieran esperando los resultados de un concurso y algunos desarrollan una habilidad impresionante para mirar fijamente una planta del pasillo sin pensar en nada más.

Lo divertido es que la espera suele ser peor que el tratamiento. Es el momento en el que la mente se pone creativa, se inventa situaciones que no van a ocurrir y repasa las peores escenas posibles. Básicamente, es cuando conviertes una simple cita en un episodio psicológico de proporciones épicas.

Los dentistas… que en realidad son bastante majos.

La idea de que un dentista es alguien distante, serio o inaccesible se ha ido rompiendo poco a poco. Hoy, la mayoría se esfuerza mucho en explicar cada paso, informar de lo que hay que hacer y tranquilizar al paciente. Eso sí, arrastran una reputación histórica y social que no les hace ningún favor.

Si lo piensas, la persona que está al otro lado de la mascarilla lleva años estudiando para intentar ayudarte a conservar tus piezas dentales en buen estado. Y, aun así, muchos pacientes los ven como una especie de figura intimidante con poderes misteriosos. Lo cual, evidentemente, no tiene ningún sentido cuando lo comparas con la realidad.

Entonces, ¿qué puedes hacer con ese miedo?

Lo primero es admitirlo. No pasa nada por sentirlo, porque la mayoría lo ha experimentado en algún momento. Lo segundo es entender de dónde viene. Cuando descubres que buena parte de tus sensaciones procede de ideas heredadas, ruidos que tu mente interpreta de forma exagerada o recuerdos distorsionados, la emoción pierde bastante fuerza.

Lo tercero es comentarlo con tu dentista. Parece una tontería, pero decir “oye, vengo un poco nervioso” ya abre la puerta a que la persona al otro lado adapte la manera de tratarte, te explique más cosas o te dé pausas cuando las necesites.

Y, por último, recuerda que cuanto más pospones una visita, más probable es que la situación se complique. Ir con regularidad convierte la experiencia en algo mucho más simple y llevadero. Tu yo del futuro te lo agradecerá muchísimo, créeme.

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